Una buena idea que no puede ejecutarse no es todavía una buena solución.
Cuestionar lo establecido puede ayudarnos a encontrar caminos nuevos. Rechazarlo automáticamente solo porque ya existe es otra forma de dejar que otros decidan cómo pensamos.
Cuestionar lo establecido puede ayudarnos a encontrar caminos nuevos. Rechazarlo automáticamente solo porque ya existe es otra forma de dejar que otros decidan cómo pensamos.
Cuestionar lo establecido puede ayudarnos a encontrar caminos nuevos. Rechazarlo automáticamente solo porque ya existe es otra forma de dejar que otros decidan cómo pensamos.
Cuando buscamos nuevas oportunidades solemos mirar hacia fuera. Nuevos mercados, nuevas tecnologías, nuevos clientes. Sin embargo, algunas oportunidades no aparecen porque llegue algo nuevo. Aparecen cuando aprendemos a mirar de otra manera algo que siempre estuvo ahí.
Cuando una empresa necesita una capacidad nueva, la reacción habitual es mirar fuera. Publicamos una oferta, buscamos un especialista o contratamos ayuda externa. Pero pocas veces empezamos preguntándonos quién podría crecer dentro.
Las empresas buscan constantemente conocimiento fuera: consultores, cursos, nuevas contrataciones, informes o herramientas. Mientras tanto, una parte de las respuestas que necesitan puede llevar años entrando cada mañana por la puerta.
Una empresa aprende para dejar de improvisar. Construye procesos, acumula experiencia y descubre qué funciona. Pero existe un riesgo: llegar a saber tan bien cómo hacer las cosas que dejemos de probar otras.
Hay empresas que no tienen un problema de trabajo. Tienen demasiado. Cada día resuelven decenas de cosas importantes, pero apenas encuentran tiempo para preguntarse si todas esas cosas las están llevando realmente hacia algún sitio.
Muchas empresas saben perfectamente dónde están. Conocen su facturación, sus clientes, sus productos y sus problemas. Lo que resulta bastante más difícil es saber hasta dónde podrían llegar con todo lo que ya tienen.
Una empresa puede estar llena de personas trabajando y, sin embargo, tener muy poco tiempo para pensar qué está haciendo, por qué lo hace y qué debería hacer después.
Las empresas están llenas de decisiones que un día tuvieron sentido. La pregunta incómoda es cuántas volveríamos a tomar hoy.